miércoles, 28 de enero de 2026

Woddy Allen y la filosofía

 



Dentro de las películas hechas por Woody Allen, las que personalmente no soy un gran fan, hay una, Love and Death, que llamo poderosamente mi atención, no por su profundidad ya que más bien es una parodia de la moral, sino, por lo que puedes leer entre líneas. Antes de que la filosofía se volviera solemne en la película, hubo un instante honesto: alguien hizo algo terrible y tuvo que justificarlo. Love and Death se sitúa ahí, donde las grandes preguntas morales chocan con la torpeza humana, el miedo a morir y la absurda necesidad de tener razón. Entre duelos ridículos e ironía constante, la película se burla de la moral elevada y revela algo inquietante: nuestros principios no nacen del cielo, sino del pánico a vivir en un mundo sin reglas.

Y es eso lo que da lugar a este post. 

La moral no es un mandamiento divino grabado en las estrellas ni una excentricidad privada, como preferir vainilla por sobre chocolate. No cayó del cielo en una tabla de piedra ni nació del capricho de un filósofo con tiempo libre. Es algo bastante menos glamoroso y mucho más urgente: un pacto entre personas que han entendido, generalmente a golpes, que sin ciertas reglas mínimas la convivencia dura lo que tarda alguien en sacar un cuchillo.

Lo aprendemos —como en Love and Death— no en una cátedra solemne, sino después del desastre, del crimen mal pensado, del cadáver incómodo que arruina cualquier argumento elegante. Porque la moral no se deduce en abstracto: se descubre cuando alguien muere y, de pronto, todas las teorías suenan ridículas. Es una cuerda tejida entre sujetos igualmente frágiles, no para alcanzar la virtud, sino para no despeñarnos juntos por el mismo abismo.

Y se apoya en hechos tan poco metafísicos como un martillo en la cara: si golpeas a alguien, duele. No “depende del contexto”, no “es una construcción cultural interesante”, duele. El dolor no es una opinión ni una metáfora posmoderna; es verificable, inmediato y suele ir acompañado de gritos poco filosóficos. Evitarlo no es una postura moral elevada, es el mínimo común denominador de cualquier tribu que aspire a durar más que una mala comedia.

Por eso, cuando alguien proclame con aire profundo que “todo es relativo”, hazle una pregunta sencilla, casi grosera: si le parecería bien que le roben su propio botín. Observa su rostro. La indignación instantánea, esa reacción primitiva y nada sofisticada, es la prueba empírica que ninguna dialéctica logra refutar. En ese gesto está toda la ética que necesitamos: no me hagas a mí lo que no quieres que te hagan, especialmente si involucra puñales, traiciones o un juicio moral posterior.

En este mundo desordenado, sucio y ligeramente absurdo —muy al estilo de Woody Allen— la moral no es una revelación sagrada ni un juego intelectual. Es un acuerdo incómodo, imperfecto y profundamente humano. No nos hace nobles, ni sabios, ni felices. Pero es, a falta de algo mejor, el único suelo firme que nos queda para no resbalar directamente hacia la nada… mientras discutimos, claro, si la nada es objetiva o solo una construcción social.

No hay comentarios:

Publicar un comentario