domingo, 25 de enero de 2026

Ecología, historia de un saqueo


Esta es la historia de Julia Butterfly Hill y muchos otros como ella.

Madurar es entender que muchas historias no trataban de héroes contra villanos, sino de quién tiene derecho a existir.

Lo que fue desplazado no cayó por debilidad, sino por avance industrial. Lo ancestral, lo común, lo no rentable fue empujado a los márgenes cuando el crecimiento económico se convirtió en dogma. Bajo tierra quedaron los bosques, los ríos, los ecosistemas completos; no físicamente, sino en el orden de prioridades.

La lógica fue simple y brutal: si no genera valor, estorba.

La devastación no ocurrió por ignorancia, sino por decisión política. Se eligió el cemento por sobre el suelo fértil, la rentabilidad por sobre la vida, el consumo inmediato por sobre cualquier futuro compartido. Y se justificó todo con una palabra vacía: progreso.

El problema nunca fue la necesidad humana, sino su insaciabilidad estructural. Un sistema que convierte todo en recurso —incluida la naturaleza— crea sujetos que jamás tendrán suficiente, porque siempre habrá algo más que extraer, vender o reemplazar.

Durante años nos enseñaron a ver toda resistencia como amenaza. Defender la tierra era atraso. Poner límites al mercado era radicalismo. Recordar lo sagrado de lo común era infantil. Hoy, con ecosistemas colapsando y ciudades inhabitables, esa narrativa se cae sola.

Esto no era una guerra por poder.

Era —y sigue siendo— una lucha por sobrevivir a un modelo civilizatorio que necesita destruir para mantenerse.

La pregunta incómoda no es si el sistema funciona.

Funciona perfectamente.

La pregunta real es:

¿funciona para la vida, o solo para su explotación?

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