El Holocausto no comenzó en las cámaras de gas. Comenzó antes: cuando una sociedad aceptó que la verdad es negociable. Cuando las palabras se vaciaron de sentido, cuando el lenguaje se usó para encubrir la exclusión y justificar el odio, la primera víctima no fue un pueblo concreto, sino la verdad misma. Esa erosión ética se gestó en lo cotidiano: en la burla que deshumaniza, en el silencio ante la mentira, en la aceptación pasiva de que no todos los seres humanos valen lo mismo.
Cada vez que un hecho fue subordinado a una conveniencia ideológica, se debilitó el pacto social. La verdad no es un lujo intelectual: es el cimiento que impide que la dignidad humana tenga excepciones. Cuando se la sacrifica, la moral se vuelve relativa y la injusticia, tolerable.
Recordar el Holocausto no es solo honrar a las víctimas, sino asumir una advertencia vigente. Defender la verdad en la vida diaria es un acto de prevención ética. En cada elección por la honestidad, la justicia y la compasión, se desactivan los primeros pasos hacia la barbarie. Cuidar la verdad es cuidar al prójimo y mantener viva la promesa del “nunca más”.


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