Es, una vez más, una noticia trágicamente familiar. Un verano en el centro-sur de Chile, una ola de calor que ya no es excepcional sino norma, y el paisaje comienza a arder con una furia que parece espontánea, pero no lo es. Los incendios que comenzaron en enero de 2026 en las regiones del Biobío y Ñuble no son un accidente ni una desgracia imprevisible: son la manifestación visible de una negligencia prolongada, de un modelo territorial y productivo que convirtió el fuego en una certeza.
El balance habla por sí solo y acusa sin necesidad de adjetivos: 21 personas fallecidas, más de 50.000 evacuados, comunidades enteras arrancadas de raíz. Pueblos como Lirquén vieron desaparecer cerca del 80% de su zona urbana bajo un manto de ceniza y humo. El Estado respondió como siempre responde cuando ya es tarde: declaró el estado de catástrofe, desplegó a las Fuerzas Armadas y prometió reconstrucción. Pero ninguna de esas acciones responde a la pregunta esencial, la que sigue ardiendo cuando el fuego se apaga.
Porque el verdadero incendio no comienza en el bosque, sino en la suma de decisiones evitadas: monocultivos forestales que secan la tierra, urbanización sin planificación, prevención crónicamente subfinanciada, advertencias científicas archivadas por incómodas. Cada verano repetimos el mismo ritual: duelo, indignación, promesas. Y luego, el olvido. Hasta el próximo foco.
La pregunta que abrasa más fuerte que las llamas no es qué pasó, sino por qué seguimos aceptando que pase. ¿Hasta cuándo confundiremos catástrofe con fatalidad? ¿Hasta cuándo llamaremos tragedia a lo que es consecuencia? Mientras no se asuma que estos incendios no son una anomalía, sino el síntoma de un problema estructural, el país seguirá ardiendo —no por sorpresa, sino por costumbre.
Chile no se está quemando: está siendo incendiado por la suma de decisiones que se postergan, los intereses que se protegen y la cobardía de llamar “desastre” a lo que es responsabilidad. Mientras sigamos llorando las cenizas en vez de cambiar las causas, el fuego no será una tragedia inevitable, sino una condena merecida


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